El S. XIX español está lleno de pugnas entre el liberalismo y el Antiguo Régimen. Por cada Jovellanos hubo un Fernando VII; por cada ‘Trienio Liberal’, una ‘Década Ominosa’. La ‘Revolución Gloriosa’ de 1868 motivó el exilio de Isabel II, y esto propició dos escapes desesperados y radicales: primero, se proclamó Rey de España al italiano Amadeo de Saboya (católico y, a la vez, masón), cuyo mayor logro fue unir en la oposición a carlistas y republicanos; después, se proclamó la I República de España, que si bien no tuvo el clima pre-bélico de su hija, sí se caracterizó por un caos absoluto (como evidencia valga decir que tuvo cuatro presidentes en sólo once meses). La solución, en realidad, había estado ahí desde mucho antes. La solución era la moderación, el sentido común… Era el liberalismo.
Así las cosas, 1875 marca el comienzo de la Restauración Española. Se restauró la institución monárquica, pero también el sentido común en los gobernantes. Nace así un periodo con luces y sombras, pero cuyo balance es altamente positivo para España. De la mano de Cánovas del Castillo y los demás políticos de la Restauración, España tiene por fin un periodo prolongado de estabilidad institucional que permitió positivos cambios coyunturales en la economía y la sociedad.
En pleno S. XXI, nos enfrentamos a la misma situación que tuvieron que abordar los políticos de la Restauración. La legislatura que Rodríguez Zapatero ha comandado es culpable de haber socavado principios y consensos básicos de nuestra democracia. Por eso es necesario un cambio de gobierno y de gobernantes, porque estamos en un momento en el que es clave la regeneración democrática. Es la hora de la ‘II Restauración’.
La cuestión comienza en 2004, cuando el Presidente del Gobierno (ahora conocido como Z) decide soportar su Gobierno entorno a los partidos más radicales de la cámara. Es el caso de ERC, crepúsculo electoral catalán que, sin embargo, ha conseguido dirigir esta legislatura gracias a una deficiente Ley Electoral que sobredimensiona su representación, pero también gracias a la irresponsabilidad del PSOE, dispuesto a plegarse a sus exigencias.
Con estas alianzas, el PSOE ha pasado a ser, simplemente, el PSO. La ‘E’ de ‘español’ la ha perdido en el camino. Lo evidencian sus pactos con los secesionistas, pactos arrastrados desde el famoso encuentro del Tinell. Lo evidencia su total falta de decencia en Baleares, donde ha completado una coalición de seis partidos (la mayoría de ellos de objetivos pancatalanistas) que traiciona de nuevo esa ‘E’. La ‘E’ la han perdido también las Juventudes Socialistas, que piden un Gobierno en coalición entre socialistas navarros y Nafarroa Bai (otro partido anexionista, esta vez panvasquista). Las amistades de Z en política exterior son tan deplorables como sus alianzas domésticas. Da lo mismo pactar con la mercantilista y corrupta Unió Mallorquina que hacerlo con la izquierda republicana y radical de ERC. Todo vale. Y el Estado Español es el que lo sufre, y con él, todos los españoles.
Esa serie de pactos ha cristalizado con la aprobación de ciertos Estatutos de Autonomía y Presupuestos Generales que rompen con principios constitucionales básicos como la unidad de España o la igualdad entre los españoles. En definitiva, España no goza ya de coherencia institucional sobre la que soportar su unidad, como no goza de gobernantes responsables. Eso pide regeneración y restauración.
Por ello, es importante plantear la importancia de las Elecciones Generales de 2008. El PP, UPD y el Partido de la Ciudadanía-Ciudadanos se postulan como claros baluartes de esta vuelta al sentido común, de la recuperación de los consensos y el respeto constitucional que ha comandado los mejores años de nuestra democracia.
Esa ‘II Restauración’ pasa por la derrota del socialismo radical de Z y por una victoria de cualquiera de las formaciones antes mencionadas (si bien sólo el PP tiene posibilidades reales de conseguirlo, aunque un buen resultado de los partidos de Rosa Díez y Alberto Rivera ayudará). España sólo podrá ir a más si sabe centrar sus políticas en la igualdad, el respeto a la Constitución y la unidad territorial. Temas como el modelo de Estado no pueden estar a la merced del gobernante de turno, como tampoco lo merecen la Educación o la Economía. Y cuando un gobernante no está por la labor de ejercer su poder desde esa responsabilidad es cuando hay que pedir su relevo. Yo pido ese relevo. Yo pido una ‘II Restauración’.
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