Recientemente, la Fundación FAES celebraba una serie de conferencias dedicadas al muy destacado político mallorquín Antonio Maura, una fantástica iniciativa que ha servido para homenajear a uno de los grandes dirigentes españoles del S. XX.
Antonio Maura inició su andadura política cercano al regeneracionismo y al liberalismo. Ocupó cargos de relevancia en el Congreso desde 1886 (año en que fue elegido Vicepresidente) a 1922 (cuando preside su último Gobierno), presidiendo la nación en cinco ocasiones hasta abandonar, en 1923, la política activa desencantado con la Dictadura de Miguel Primo de Rivera y el respaldo del monarca Alfonso XIII a ésta.
Maura fue un reformista que luchó por cambiar la situación de una España atascada tras la crisis de 1898. Luchó contra el clientelismo político con toda su fuerza, con sus proyectos de ‘saneamiento’ de los procesos electorales, que buscaban una movilización política definitiva de los españoles. Hoy, su figura se ve marginada a un segundo plano. Maura ejerció políticas perfectas en un contexto imperfecto: su regeneracionismo, su reformismo y su liberalismo chocaba con la corrupción de la Restauración y el izquierdismo radical de la época.
Es justo recordar su figura y sus logros. Maura impulsó las primeras redes de protección social y de asistencia (génesis de la actual Seguridad Social), luchó con firmeza por mantener el orden público (ante el terrorismo de la izquierda radical y del anarquismo), promovió importantes avances en los derechos de las mujeres, firmó las primeras leyes de prohibición del trabajo infantil… Su política educativa y cultural también es digna de mención: promovió la creación de cuerpos nacionales de docencia, institutos y universidades públicas. En definitiva, luchó por modernizar y mejorar España. Y lo hizo siempre desde la fuerza de los principios, esa misma que hoy en día escasea en la Europa del relativismo.
En vida, Antonio Maura sufrió todo tipo de ataques. Los movimientos anti-sistema y el socialismo radical encontraron en él al primer gobernante que no estaba dispuesto a permitir que se coartase la libertad de los españoles y se vulnerasen la ley y el orden público, y eso no era bueno. Así empezó el acoso a Maura, que tenía como argumento estrella la frase ‘¡Maura, no!’. Frente a esa agitación, Maura no creía, como sí defienden los apóstoles del pensamiento ‘buenista’, en las políticas de negociación o de apaciguamiento. Tenía claro que, quien no ejerciese sus libertades dentro del ordenamiento jurídico, debía ser castigado.
Sus políticas no sólo fueron firmes, sino que también fueron increíblemente avanzadas para su época. En sus diferentes gobiernos, Antonio Maura navegó con determinación hacia una democracia de calidad. Como dijo José María Aznar en estas jornadas, lo que los españoles nos dimos en 1978 con nuestra Constitución fue ‘lo que a Maura se le impidió construir: un régimen democrático de auténtica igualdad bajo una Constitución (…) que garantiza la igualdad (…) de todos los españoles’. Es curioso observar que tanto Maura como Aznar sufrieron el mismo tratamiento mediático desde los medios izquierdistas: no fueron criticados, sino directamente linchados.
Maura murió en Torrelodones en 1925, enfrentado con Alfonso XIII por su apoyo a la Dictadura de Primo de Rivera. Había luchado toda su vida por una participación democrática real, ajena al clientelismo, el caciquismo y la corrupción. Agotados sus mejores años en política, se volvió a recurrir a él cada vez que la nación necesitaba salir de una crisis (el famoso ‘Llamemos a Maura’). Su obra política es un ejemplo de firmeza y de principios que merece ser recordada por todos los españoles.
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